lunes, 30 de noviembre de 2009

Relato o novela

Durante la comida del domingo, Labot dijo algo que ya había oido otras veces: "una novela no es más que un relato que se ha estirado por encima de las 100 páginas".

No estoy de acuerdo. Y se lo dije. Ésta es la comparación que usé ayer para explicar a mis amigos la diferencia entre relato y novela:

- un relato es como una carrera de cien metros lisos. Cada paso que das es para llegar de la salida a la llegada en el menor tiempo posible. Hay relatos más cortos (60 m) y más largos (200, 400 e incluso 5.000 metros) pero todos comparten esa característica. Una novela es como un viaje turístico, también tiene un recorrido pero el objetivo no es sólo completar el recorrido sino lo que pasa durante el mismo: el autor-viajero puede decidir dar un rodeo para explorar alguna alternativa fuera de la ruta principal, detenerse para disfrutar de un pasaje excepcional o, incluso, retroceder porque desea revisar parte del trayecto recorrido.

martes, 24 de noviembre de 2009

Ginebra y café (extracto)


Extracto de “Ginebra y Café”
[…]
El otro hombre bebió su café de un trago y se irguió en la silla separando, de nuevo, la espalda del respaldo. Con la mirada fija en la puerta por la que habían salido los camareros, empezó a hablar con el mismo tono monótono que había utilizado anteriormente.
– He venido a verte después de treinta años y no me has preguntado ni cómo estoy. Igual soy yo quien debía haberte preguntado por tu fracasado matrimonio o por tu empresa. Creo que está a punto de entrar en bolsa y hacerte aún más rico – observó que su interlocutor se removió incómodo en su asiento -. Aunque si tanto interés tienes, te puedo contar cómo se vive en la clandestinidad.

martes, 17 de noviembre de 2009

Sin título

[…]
J tuvo que abandonar la ciudad sin tiempo para realizar ni un corto recorrido turístico. Llegó en Metro al intercambiador que conectaba el suburbano con la única estación de tren de la ciudad. Esquivando el reducido número de personas que encontró a su paso, recorrió los blancos pasillos abovedados mientras repetía mentalmente aquel nombre extraño que había pronunciado el hombre del hotel. A lo largo de los interminables pasadizos se sucedían carteles indescifrables en cirílico, puertas cerradas sin ningún letrero y escaleras mecánicas que ascendían y se perdían de vista. El pasillo giró y se encontró caminando sobre una cinta junto a un mosaico que representaba una locomotora de vapor a punto de atravesar un montañoso túnel. Varios minutos después, desembocó en un solitario vestíbulo de forma cúbica recubierto por grandes planchas grises de hormigón; localizó en la pared opuesta una puerta identificada con el número “tres”; penetró en un corredor iluminado por fluorescentes que parpadeaban protegidas por mallas metálicas. El corredor describía una larga curva descendente que J tardó varios minutos en recorrer hasta aparecer en un estrecho andén donde tuvo que esquivar a militares, policías y personal del ferrocarril que ignoraron su presencia a pesar de tratarse, al parecer, del único viajero.
[…]

viernes, 6 de noviembre de 2009

La hora del almuerzo

Introducción

Este texto es un divertimento basado en el relato “El primo Larry” de Dorothy Parker pero contado desde el punto de vista de Lila.
Lila es en realidad Delilah Radzilow, nombre de indudable origen judío. Lila es la última generación de una dinastía de empresarios que gracias a la industria pesada amasaron dinero durante generaciones. Ejemplo paradigmático de “old money”.
Larry es, por supuesto, Lawrence Turkevich, brillante estudiante cuyos nobles padres emigraron de Rusia a USA después de que la revolución leninista rusa les arrebatara sus principales posesiones.
La mujer del vestido de crepé de China” se llama realmente Melissa Manchester (Lisa) y procede de una pequeña comunidad agrícola del medio-oeste.

La hora del almuerzo

La casa de piedra junto al arroyo albergaba el único horno de pan de la zona hasta que un antepasado de los actuales dueños la convertió en una encantadora cafetería frecuentada por aquellos residentes que huían de los bulliciosos restaurantes del club de golf.
Aquella mañana sólo había tres coches delante de la cafetería cuando una motocicleta conducida por una mujer aparcó entre el todoterreno blanco y el monovolumen azul oscuro. La mujer dejó el casco sobre el asiento de la moto y desabrochó la corta chaqueta de cuero color teja que cubría un veraniego vestido largo de lino; rodeando la casa se dirigió a la parte posterior donde tres mujeres conversaban animadamente alrededor de una mesa. La recién llegada dejó la chaqueta sobre una mesa cercana y se sentó junto a las otras, a las que envolvió en un ligero perfume a vainilla que hizo que interrumpieran su conversación:
– ¡cómo se nota las que vienen del gimnasio! – dijo una a modo de saludo
– Buenos días, chicas. Veo que, por fin, os habéis atrevido a poneros al sol. ¿cómo estáis?
– No tan bien como tú, querida Lila, vemos que has sacado ya la ropa de verano – respondió otra de las mujeres

lunes, 2 de noviembre de 2009

Larry Takrevich

Tres personas salieron del ascensor cuando paró en la quinta planta. Dos de ellas hablaban mientras caminaban hacia sus puestos de trabajo, la tercera se paró delante del ascensor y, como el marino que otea el horizonte, su mirada recorrió el espacio diáfano que se abría ante sus ojos buscando alguna señal que le indicara su destino. Instintivamente, el visitante ignoró los puestos más cercanos al ascensor donde se encontrarían los empleados de menor categoría; distinguió a un lado una zona de fotocopiadoras, archivos y un pasillo que conducía a los aseos: también ignoró esta zona; miró al lado opuesto y, entonces, su mirada se relajó y separó los labios esbozando una sonrisa. Mirando en aquella dirección se podía apreciar que las mesas estaban más separadas y entre ellas se distinguía un pasillo bien delimitado por macetas metálicas situadas cada par metros. Siguiendo el camino marcado por las macetas se encontraba una puerta con dos hojas de cristal que dejaban ver una amplia estancia bien iluminada por una luz natural intensa que contrastaba con el tono frío de las fluorescentes de este lado de la puerta. El visitante calculó que le separaban quince metros de las puertas de cristal e, ignorando las miradas interrogantes de los trabajadores más próximos, atravesó un grupo de personas que charlaban animadamente y se dirigió en aquella dirección. Aprovechó el trayecto para ajustarse los puños de la camisa, abrochar el botón superior de su chaqueta y pasar una mano por su pelo para comprobar que seguía como lo había dejado hace unos minutos en el aseo de la planta baja.