viernes, 6 de noviembre de 2009

La hora del almuerzo

Introducción

Este texto es un divertimento basado en el relato “El primo Larry” de Dorothy Parker pero contado desde el punto de vista de Lila.
Lila es en realidad Delilah Radzilow, nombre de indudable origen judío. Lila es la última generación de una dinastía de empresarios que gracias a la industria pesada amasaron dinero durante generaciones. Ejemplo paradigmático de “old money”.
Larry es, por supuesto, Lawrence Turkevich, brillante estudiante cuyos nobles padres emigraron de Rusia a USA después de que la revolución leninista rusa les arrebatara sus principales posesiones.
La mujer del vestido de crepé de China” se llama realmente Melissa Manchester (Lisa) y procede de una pequeña comunidad agrícola del medio-oeste.

La hora del almuerzo

La casa de piedra junto al arroyo albergaba el único horno de pan de la zona hasta que un antepasado de los actuales dueños la convertió en una encantadora cafetería frecuentada por aquellos residentes que huían de los bulliciosos restaurantes del club de golf.
Aquella mañana sólo había tres coches delante de la cafetería cuando una motocicleta conducida por una mujer aparcó entre el todoterreno blanco y el monovolumen azul oscuro. La mujer dejó el casco sobre el asiento de la moto y desabrochó la corta chaqueta de cuero color teja que cubría un veraniego vestido largo de lino; rodeando la casa se dirigió a la parte posterior donde tres mujeres conversaban animadamente alrededor de una mesa. La recién llegada dejó la chaqueta sobre una mesa cercana y se sentó junto a las otras, a las que envolvió en un ligero perfume a vainilla que hizo que interrumpieran su conversación:
– ¡cómo se nota las que vienen del gimnasio! – dijo una a modo de saludo
– Buenos días, chicas. Veo que, por fin, os habéis atrevido a poneros al sol. ¿cómo estáis?
– No tan bien como tú, querida Lila, vemos que has sacado ya la ropa de verano – respondió otra de las mujeres

La siguiente en hablar dirigió una mirada cómplice a sus compañeras antes de dirigirse a la recién llegada:
– ¿hiciste algo interesante ayer? Mi marido dijo que vio a Lawrence en el club, jugando.
– No, no fuimos a ningún lado. Efectivamente, Lawrence pasó la tarde con una de sus empleadas a la que está enseñando a jugar al golf. Luego vinieron a casa y cenamos los tres – Lila esperó inútilmente a que alguna de sus amigas sacara otro tema. Al rato, continuó hablando – Se trata de Melissa Manchester, es de un pueblo del medio oeste y adora a mi marido. Si tu marido les vio ayer – añadió mirando a la interesada -, te habrá hecho una descripción detallada, porque es el tipo de mujer que no pasa desapercibida para ningún hombre. Ayer era especialmente difícil no reparar en ella tanto si la vieron por delante como si solo pudieron disfrutar de la visión de sus piernas.
Delilah Radzilow, Lila, paseó su mirada por los rostros de sus amigas y asumió que esa mañana tocaba hablar de Melissa.
Chicas, estoy muy hambrienta. Dejadme que le pida a Alfred algo para comer antes de que os cuente la excitante vida y milagros de Melissa Manchester.
Aquí te esperamos, Lila – la mujer sonrió y añadió amablemente -. Cuando hemos llegado estaban sacando del horno un pan de harina de maíz con pasas que olía estupendamente y también ha comentado Alfred que estaba preparando bizcocho con chocolate Amatller que acaba de recibir de Suiza.
Lila se levantó y sus amigas vieron como desaparecía dentro de la pequeña casa de piedra. Cuando Lila volvió a salir, portando un vaso con zumo de naranja, no pudo evitar sonreir ante la imagen de sus tres amigas que, en idéntica y sincronizada postura, habían girado la cabeza hacia el jardín donde un joven se afanaba en podar el seto. Las tres mujeres asentían sin intercambiar ni una palabra.
Lila depositó sobre la mesa el zumo, levantó sin aparente esfuerzo la silla de hierro forjado pintada totalmente de blanco y la colocó de manera que cuando se sentó su cabeza quedó a la sombra.
Es mono, ¿verdad? A primera hora limpia en el gimnasio y luego suele quedarse por allí haciendo deporte – Lila esperó a que las demás dejaran de mirar al aludido y añadió, girándose hacia una de ellas-. Es latino y parece listo, igual puede ayudar a tus hijas con el español. Lo digo por si quieres tener oportunidad de verlo más de cerca.
La aludida ignoró el comentario:
Lila, cariño, nos ibas a contar la relación de tu marido con la jugadora de golf de bajo handicap y escote prominente.
En realidad no es una historia nada interesante - Lila bebió un sorbo de zumo, secó sus labios con la servilleta y se recostó en la silla mientras se preparaba para relatar a sus amigas la historia de aquella mujer.
“Melissa es uno de esos estudiantes que, después de vivir veinte años en un pueblo perdido, la suerte les sonríe y cambia su vida para siempre. En su caso, obtuvo una beca para estudiar en Nueva York y eso evitó que terminara como cajera en un supermercado de su pueblo. Aunque las oportunidades hay que saber aprovecharlas y ella no pudo o no supo hacerlo: podía haber sacado un título o, quien sabe, pescar un marido rico en la universidad. Sin embargo ella decidió alquilar un apartamento en el centro y se gastó el dinero de la beca en conocer todas las discotecas de la ciudad, sin pisar la universidad ni un solo día.
Cuando se le terminó el dinero, empezó a trabajar de administrativa en nuestra empresa y fue cambiando de puesto hasta que terminó en el departamento de Lawrence un poco después de que él y yo anunciáramos públicamente nuestro compromiso. Entonces Melissa, esta vez muy inteligentemente, decidió no separarse del futuro yerno del dueño de la compañía. Y es desde entonces una de las ayudantes de Valerie, la asistente personal de mi marido. No está mal para una mujer con esas limitaciones y viniendo de donde viene. En realidad, se lo debe todo a la gratitud de Lawrence a quien, por cierto, ella le llama “mi primo Larry”. Espero que nadie se crea que esa mujer nacida en una granja perdida en medio del país tiene verdadera relación familiar con Lawrence Turkevich que desciende, como sabéis, de nobles rusos; arruinados por culpa de la política pero nobles al fin y al cabo.”
Lila tomó un sorbo del café y probó el bizcocho mientras dejaba que su última frase prendiese en la mente de sus amigas. El atlético y atractivo Lawrence no era un simple advenedizo, su árbol genealógico estaba repleto de aristócratas europeos. Lila se dijo que algún día tenía que recordar a sus amigas que Rusia estaba en Europa. En todo caso, sabía que sus amigas estaban esperando los detalles más jugosos de su relato, así que continuó:
– Os voy a contar una anécdota para que veáis que tipo de persona es Melissa. Un día se presenta con unas orquídeas y me dice “me las ha regalado el primo Larry, es nuestro anivesario”. No sé cómo me aguanté la risa. Os juro que es tan ingenua que parece tonta. Debéis saber que todos los días Valerie, la asistente personal de Lawrence, se encarga de mandar un detalle a los empleados cuando cumplen cinco años de su incorporación a la compañía. Unas flores para las mujeres y un bolígrafo para los hombres; antes daban un encendedor con la marca de la empresa pero, como ya no se puede fumar en ningún sitio, ahora les dan un bolígrafo. Bien, pues Melissa lleva quince años en la empresa y todavía piensa que mi marido compra personalmente flores para ella. Es el tipo de mujer que, a diferencia de nosotras, resulta fácil de contentar; cualquier detalle comprado a última hora en las tiendas del aeropuerto es bueno para ella.
“Yo creo que Melissa aspira a llegar a ser asistenta personal de Lawrence, porque no es consciente realmente de sus limitaciones. Valerie habla francés y alemán, ha vivido en Europa... Valerie es pura elegancia. Cuando Valerie tuvo a los gemelos y se tomó un año de descanso, Melissa tuvo que acompañar a Lawrence en algunos viajes. Fue un desastre, Larry le tuvo que pedir que cambiase su forma de vestir. Porque Melissa es de las que no sabe insinuar, no; ella tiene que enseñarlo todo; como vulgarmente se dice, cuando llega a la oficina los hombres le hacen la ola. Ya os digo, hasta a Lawrence le pareció que vestía demasiado provocativa.”
Lila se concentró en su almuerzo y sus amigas temieron que ahí terminara el relato. Una de ellas volvió a poner el tema sobre la mesa:
– Entonces, Lila, esa tal Melissa ¿se presenta a cenar todas las semanas en tu casa?
– Algún fin de semana viene a comer, en verano viene a tomar el sol en mi piscina y ahora le ha dado por el golf. Lo peor es que debe ser tan mala que nadie quiere jugar con ellos. No sé de dónde ha sacado ese interés por el golf, igual piensa que en el club va a pescar un marido, qué ilusa. No entiende que los hombres necesitan sitios donde estar solos y hablar de sus cosas. Si los hombres fuesen al club a ligar, nosotras iríamos allí a desayunar, ¿verdad, chicas?
“La verdad es que yo intento que mi marido se encargue de acompañarle. Es muy inculta, no puedes hablar con ella de ópera, o de literatura, o de viajes. ¡si no ha salido nunca del país! Tampoco podemos ir a cenar fuera con ella, porque con su sueldo no puede pagar buenos restaurantes y me parece ofensivo invitarle si luego ella no nos puede devolver la invitación. Además no tiene cultura gastronómica. Una vez que estaba en casa y Lawrence estaba en su despacho trabajando quise invitarle al Thailandés que está en el lago y no se le ocurre otra cosa que decir “lo siento, Lila, pero no me gusta la comida china, ya sabes lo que dicen de los chinos y los gatos”. Hablando de comida, este bizcocho está delicioso, teniáis razón, chicas. Probad un poco.
– Gracias pero sabes que no nos podemos salir ni un milímetro de la dieta. Las que tenemos niños no nos queda tiempo para cuidarnos. ¿qué vas a hacer hoy, Lila? ¿tienes también invitados en casa?
Lila sonrió y negó con la cabeza mientras masticaba.
– Hoy tengo todo el día para mí, voy a visitar una galería en la ciudad y luego me llevo a Lawrence al teatro, esta noche estrenan una nueva adaptación de la “Muerte de un viajante”. No he leído las críticas pero tengo ganas de ver la reforma del Apolo.
Las tres amigas, que hacía rato que se habían terminado sus respectivas tazas de té, se quedaron en silencio observando como Lila tomaba con dos dedos el último trozo de bizcocho y golosamente se lo llevaba a la boca. Lila observó durante unos segundos al jardinero que, para entonces, había terminado con el seto y estaba recostado en un árbol vigilando el funcionamiento silencioso de los aspersores; finalmente se levantó, recogió la chaqueta que estaba sobre una mesa cercana y se despidió alegremente:
– Chao, chicas. Voy a casa a ver si encuentro en Internet un buen restaurante para esta noche. Si mañana no nos vemos será señal de que la velada se prolongó inesperadamente.
Sus amigas siguieron a Lila con la mirada mientras ésta se alejaba dejando en el aire un aroma de vainilla y café.


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