martes 17 de noviembre de 2009

Sin título

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J tuvo que abandonar la ciudad sin tiempo para realizar ni un corto recorrido turístico. Llegó en Metro al intercambiador que conectaba el suburbano con la única estación de tren de la ciudad. Esquivando el reducido número de personas que encontró a su paso, recorrió los blancos pasillos abovedados mientras repetía mentalmente aquel nombre extraño que había pronunciado el hombre del hotel. A lo largo de los interminables pasadizos se sucedían carteles indescifrables en cirílico, puertas cerradas sin ningún letrero y escaleras mecánicas que ascendían y se perdían de vista. El pasillo giró y se encontró caminando sobre una cinta junto a un mosaico que representaba una locomotora de vapor a punto de atravesar un montañoso túnel. Varios minutos después, desembocó en un solitario vestíbulo de forma cúbica recubierto por grandes planchas grises de hormigón; localizó en la pared opuesta una puerta identificada con el número “tres”; penetró en un corredor iluminado por fluorescentes que parpadeaban protegidas por mallas metálicas. El corredor describía una larga curva descendente que J tardó varios minutos en recorrer hasta aparecer en un estrecho andén donde tuvo que esquivar a militares, policías y personal del ferrocarril que ignoraron su presencia a pesar de tratarse, al parecer, del único viajero.
[…]

viernes 6 de noviembre de 2009

La hora del almuerzo

Introducción

Este texto es un divertimento basado en el relato “El primo Larry” de Dorothy Parker pero contado desde el punto de vista de Lila.
Lila es en realidad Delilah Radzilow, nombre de indudable origen judío. Lila es la última generación de una dinastía de empresarios que gracias a la industria pesada amasaron dinero durante generaciones. Ejemplo paradigmático de “old money”.
Larry es, por supuesto, Lawrence Turkevich, brillante estudiante cuyos nobles padres emigraron de Rusia a USA después de que la revolución leninista rusa les arrebatara sus principales posesiones.
La mujer del vestido de crepé de China” se llama realmente Melissa Manchester (Lisa) y procede de una pequeña comunidad agrícola del medio-oeste.

La hora del almuerzo

La casa de piedra junto al arroyo albergaba el único horno de pan de la zona hasta que un antepasado de los actuales dueños la convertió en una encantadora cafetería frecuentada por aquellos residentes que huían de los bulliciosos restaurantes del club de golf.
Aquella mañana sólo había tres coches delante de la cafetería cuando una motocicleta conducida por una mujer aparcó entre el todoterreno blanco y el monovolumen azul oscuro. La mujer dejó el casco sobre el asiento de la moto y desabrochó la corta chaqueta de cuero color teja que cubría un veraniego vestido largo de lino; rodeando la casa se dirigió a la parte posterior donde tres mujeres conversaban animadamente alrededor de una mesa. La recién llegada dejó la chaqueta sobre una mesa cercana y se sentó junto a las otras, a las que envolvió en un ligero perfume a vainilla que hizo que interrumpieran su conversación:
– ¡cómo se nota las que vienen del gimnasio! – dijo una a modo de saludo
– Buenos días, chicas. Veo que, por fin, os habéis atrevido a poneros al sol. ¿cómo estáis?
– No tan bien como tú, querida Lila, vemos que has sacado ya la ropa de verano – respondió otra de las mujeres
La siguiente en hablar dirigió una mirada cómplice a sus compañeras antes de dirigirse a la recién llegada:
– ¿hiciste algo interesante ayer? Mi marido dijo que vio a Lawrence en el club, jugando.
– No, no fuimos a ningún lado. Efectivamente, Lawrence pasó la tarde con una de sus empleadas a la que está enseñando a jugar al golf. Luego vinieron a casa y cenamos los tres – Lila esperó inútilmente a que alguna de sus amigas sacara otro tema. Al rato, continuó hablando – Se trata de Melissa Manchester, es de un pueblo del medio oeste y adora a mi marido. Si tu marido les vio ayer – añadió mirando a la interesada -, te habrá hecho una descripción detallada, porque es el tipo de mujer que no pasa desapercibida para ningún hombre. Ayer era especialmente difícil no reparar en ella tanto si la vieron por delante como si solo pudieron disfrutar de la visión de sus piernas.
Delilah Radzilow, Lila, paseó su mirada por los rostros de sus amigas y asumió que esa mañana tocaba hablar de Melissa.
Chicas, estoy muy hambrienta. Dejadme que le pida a Alfred algo para comer antes de que os cuente la excitante vida y milagros de Melissa Manchester.
Aquí te esperamos, Lila – la mujer sonrió y añadió amablemente -. Cuando hemos llegado estaban sacando del horno un pan de harina de maíz con pasas que olía estupendamente y también ha comentado Alfred que estaba preparando bizcocho con chocolate Amatller que acaba de recibir de Suiza.
Lila se levantó y sus amigas vieron como desaparecía dentro de la pequeña casa de piedra. Cuando Lila volvió a salir, portando un vaso con zumo de naranja, no pudo evitar sonreir ante la imagen de sus tres amigas que, en idéntica y sincronizada postura, habían girado la cabeza hacia el jardín donde un joven se afanaba en podar el seto. Las tres mujeres asentían sin intercambiar ni una palabra.
Lila depositó sobre la mesa el zumo, levantó sin aparente esfuerzo la silla de hierro forjado pintada totalmente de blanco y la colocó de manera que cuando se sentó su cabeza quedó a la sombra.
Es mono, ¿verdad? A primera hora limpia en el gimnasio y luego suele quedarse por allí haciendo deporte – Lila esperó a que las demás dejaran de mirar al aludido y añadió, girándose hacia una de ellas-. Es latino y parece listo, igual puede ayudar a tus hijas con el español. Lo digo por si quieres tener oportunidad de verlo más de cerca.
La aludida ignoró el comentario:
Lila, cariño, nos ibas a contar la relación de tu marido con la jugadora de golf de bajo handicap y escote prominente.
En realidad no es una historia nada interesante - Lila bebió un sorbo de zumo, secó sus labios con la servilleta y se recostó en la silla mientras se preparaba para relatar a sus amigas la historia de aquella mujer.
“Melissa es uno de esos estudiantes que, después de vivir veinte años en un pueblo perdido, la suerte les sonríe y cambia su vida para siempre. En su caso, obtuvo una beca para estudiar en Nueva York y eso evitó que terminara como cajera en un supermercado de su pueblo. Aunque las oportunidades hay que saber aprovecharlas y ella no pudo o no supo hacerlo: podía haber sacado un título o, quien sabe, pescar un marido rico en la universidad. Sin embargo ella decidió alquilar un apartamento en el centro y se gastó el dinero de la beca en conocer todas las discotecas de la ciudad, sin pisar la universidad ni un solo día.
Cuando se le terminó el dinero, empezó a trabajar de administrativa en nuestra empresa y fue cambiando de puesto hasta que terminó en el departamento de Lawrence un poco después de que él y yo anunciáramos públicamente nuestro compromiso. Entonces Melissa, esta vez muy inteligentemente, decidió no separarse del futuro yerno del dueño de la compañía. Y es desde entonces una de las ayudantes de Valerie, la asistente personal de mi marido. No está mal para una mujer con esas limitaciones y viniendo de donde viene. En realidad, se lo debe todo a la gratitud de Lawrence a quien, por cierto, ella le llama “mi primo Larry”. Espero que nadie se crea que esa mujer nacida en una granja perdida en medio del país tiene verdadera relación familiar con Lawrence Turkevich que desciende, como sabéis, de nobles rusos; arruinados por culpa de la política pero nobles al fin y al cabo.”
Lila tomó un sorbo del café y probó el bizcocho mientras dejaba que su última frase prendiese en la mente de sus amigas. El atlético y atractivo Lawrence no era un simple advenedizo, su árbol genealógico estaba repleto de aristócratas europeos. Lila se dijo que algún día tenía que recordar a sus amigas que Rusia estaba en Europa. En todo caso, sabía que sus amigas estaban esperando los detalles más jugosos de su relato, así que continuó:
– Os voy a contar una anécdota para que veáis que tipo de persona es Melissa. Un día se presenta con unas orquídeas y me dice “me las ha regalado el primo Larry, es nuestro anivesario”. No sé cómo me aguanté la risa. Os juro que es tan ingenua que parece tonta. Debéis saber que todos los días Valerie, la asistente personal de Lawrence, se encarga de mandar un detalle a los empleados cuando cumplen cinco años de su incorporación a la compañía. Unas flores para las mujeres y un bolígrafo para los hombres; antes daban un encendedor con la marca de la empresa pero, como ya no se puede fumar en ningún sitio, ahora les dan un bolígrafo. Bien, pues Melissa lleva quince años en la empresa y todavía piensa que mi marido compra personalmente flores para ella. Es el tipo de mujer que, a diferencia de nosotras, resulta fácil de contentar; cualquier detalle comprado a última hora en las tiendas del aeropuerto es bueno para ella.
“Yo creo que Melissa aspira a llegar a ser asistenta personal de Lawrence, porque no es consciente realmente de sus limitaciones. Valerie habla francés y alemán, ha vivido en Europa... Valerie es pura elegancia. Cuando Valerie tuvo a los gemelos y se tomó un año de descanso, Melissa tuvo que acompañar a Lawrence en algunos viajes. Fue un desastre, Larry le tuvo que pedir que cambiase su forma de vestir. Porque Melissa es de las que no sabe insinuar, no; ella tiene que enseñarlo todo; como vulgarmente se dice, cuando llega a la oficina los hombres le hacen la ola. Ya os digo, hasta a Lawrence le pareció que vestía demasiado provocativa.”
Lila se concentró en su almuerzo y sus amigas temieron que ahí terminara el relato. Una de ellas volvió a poner el tema sobre la mesa:
– Entonces, Lila, esa tal Melissa ¿se presenta a cenar todas las semanas en tu casa?
– Algún fin de semana viene a comer, en verano viene a tomar el sol en mi piscina y ahora le ha dado por el golf. Lo peor es que debe ser tan mala que nadie quiere jugar con ellos. No sé de dónde ha sacado ese interés por el golf, igual piensa que en el club va a pescar un marido, qué ilusa. No entiende que los hombres necesitan sitios donde estar solos y hablar de sus cosas. Si los hombres fuesen al club a ligar, nosotras iríamos allí a desayunar, ¿verdad, chicas?
“La verdad es que yo intento que mi marido se encargue de acompañarle. Es muy inculta, no puedes hablar con ella de ópera, o de literatura, o de viajes. ¡si no ha salido nunca del país! Tampoco podemos ir a cenar fuera con ella, porque con su sueldo no puede pagar buenos restaurantes y me parece ofensivo invitarle si luego ella no nos puede devolver la invitación. Además no tiene cultura gastronómica. Una vez que estaba en casa y Lawrence estaba en su despacho trabajando quise invitarle al Thailandés que está en el lago y no se le ocurre otra cosa que decir “lo siento, Lila, pero no me gusta la comida china, ya sabes lo que dicen de los chinos y los gatos”. Hablando de comida, este bizcocho está delicioso, teniáis razón, chicas. Probad un poco.
– Gracias pero sabes que no nos podemos salir ni un milímetro de la dieta. Las que tenemos niños no nos queda tiempo para cuidarnos. ¿qué vas a hacer hoy, Lila? ¿tienes también invitados en casa?
Lila sonrió y negó con la cabeza mientras masticaba.
– Hoy tengo todo el día para mí, voy a visitar una galería en la ciudad y luego me llevo a Lawrence al teatro, esta noche estrenan una nueva adaptación de la “Muerte de un viajante”. No he leído las críticas pero tengo ganas de ver la reforma del Apolo.
Las tres amigas, que hacía rato que se habían terminado sus respectivas tazas de té, se quedaron en silencio observando como Lila tomaba con dos dedos el último trozo de bizcocho y golosamente se lo llevaba a la boca. Lila observó durante unos segundos al jardinero que, para entonces, había terminado con el seto y estaba recostado en un árbol vigilando el funcionamiento silencioso de los aspersores; finalmente se levantó, recogió la chaqueta que estaba sobre una mesa cercana y se despidió alegremente:
– Chao, chicas. Voy a casa a ver si encuentro en Internet un buen restaurante para esta noche. Si mañana no nos vemos será señal de que la velada se prolongó inesperadamente.
Sus amigas siguieron a Lila con la mirada mientras ésta se alejaba dejando en el aire un aroma de vainilla y café.

lunes 2 de noviembre de 2009

Larry Takrevich

Tres personas salieron del ascensor cuando paró en la quinta planta. Dos de ellas hablaban mientras caminaban hacia sus puestos de trabajo, la tercera se paró delante del ascensor y, como el marino que otea el horizonte, su mirada recorrió el espacio diáfano que se abría ante sus ojos buscando alguna señal que le indicara su destino. Instintivamente, el visitante ignoró los puestos más cercanos al ascensor donde se encontrarían los empleados de menor categoría; distinguió a un lado una zona de fotocopiadoras, archivos y un pasillo que conducía a los aseos: también ignoró esta zona; miró al lado opuesto y, entonces, su mirada se relajó y separó los labios esbozando una sonrisa. Mirando en aquella dirección se podía apreciar que las mesas estaban más separadas y entre ellas se distinguía un pasillo bien delimitado por macetas metálicas situadas cada par metros. Siguiendo el camino marcado por las macetas se encontraba una puerta con dos hojas de cristal que dejaban ver una amplia estancia bien iluminada por una luz natural intensa que contrastaba con el tono frío de las fluorescentes de este lado de la puerta. El visitante calculó que le separaban quince metros de las puertas de cristal e, ignorando las miradas interrogantes de los trabajadores más próximos, atravesó un grupo de personas que charlaban animadamente y se dirigió en aquella dirección. Aprovechó el trayecto para ajustarse los puños de la camisa, abrochar el botón superior de su chaqueta y pasar una mano por su pelo para comprobar que seguía como lo había dejado hace unos minutos en el aseo de la planta baja.
La esquina sudoeste albergaba los únicos despachos de la quinta planta, precedidos por una recepción a la que se accedía atravesando la puerta de cristal de doble hoja que la aislaba del resto de trabajadores. Un gran ventanal permitía pasar los rayos de sol hasta esta zona, donde destacaban una mesa cuadrada rodeada por tres sofás de piel, varias puertas de madera situadas en una pared decorada con grabados y fotografías y, en el lado opuesto al ventanal, una mesa ancha donde un hombre joven hablaba por teléfono mientras trabajaba en su ordenador. Allí apareció el visitante después de empujar la puerta de cristal. Se acercó a la mesa y esperó a que el hombre joven terminara su conversación telefónica. El joven colgó el auricular y concentró por unos segundos su atención en el ordenador ajeno a la presencia del visitante que se había parado a escasos centímetros de su mesa. El visitante empezó a hablar sin esperar a que el joven le mirara:
- Buenos días, mi nombre es Larry Takrevich y quería ver al responsable del servicio financiero, al señor Meinker. - el joven levantó la cabeza y el visitante añadió- Soy gerente regional de Componentes LEINON. Me llamo Larry Takrevich, T-A-K-R-...
- Perdone, Larry, ¿me ha dicho que está citado con la Señora Andrea Meinker? No esperábamos ninguna visita esta mañana.
El visitante permaneció callado unos segundos, como si mentalmente continuase deletreando su apellido. Por unos instantes sus ojos evitaron los del joven secretario, recorriendo sucesivamente sus zapatos, la puerta de cristal que acababa de atravesar y la pared detrás del secretario donde pudo ver varias estanterías perfectamente ordenadas. Una vez recuperado el contacto visual con su interlocutor continuó hablando:
- En realidad, hablé con uno de los colaboradores de la Señora Meinker por teléfono y me comentó que sería buena idea que viniese un día a visitarle. Estoy seguro que a ella no le molestará verme, si no está muy ocupada.
- Seguro que no – el joven secretario sonrió y volvió la vista hacia la pantalla del ordenador.
Larry retrocedió un paso, comprobó con la mano su peinado, tocó con dos dedos el botón superior de su chaqueta que, por otra parte, seguía abrochado y esperó a que el educadísimo joven avisara a la tal Andrea. El secretario se demoró aún unos segundos con su ordeandor y miró a Larry que, mientras tanto, había sacado una agenda electrónica y estaba concentrado en la pequeña pantalla. Por fin, condescendiente, le indicó con la mirada la mesa que estaba junto a la ventana:
- Puede sentarse mientras esperamos a que le atienda la señora Meinker.
Larry dio un pequeño paseo por la recepción, observó con fingido interés los cuadros que decoraban las paredes, se asomó al monótono paisaje de oficinas y permaneció junto a la ventana dejando gustosamente que el sol acariciara su piel. Sin embargo, en seguida se apartó de la ventana por miedo a que el sudor estropeara su cuidado aspecto y se dejó caer en uno de los sofás.
El secretario que había aprovechado el paseo de Larry para observarle con comodidad, comprobó la hora en su reloj, tomó el teléfono y anunció a su interlocutor la visita de Larry Takrevich, gerente regional de Componentes LEINON. Larry se puso rápidamente en pie y guardando la agenda se acercó a una de las puertas, donde ya le esperaba el secretario con la mano sobre el pomo. Cuando llegó a su altura, el secretario miró a Larry y esperó a que éste comprobase, una vez más, su pelo, los puños de la camisa y el botón superior de su chaqueta.
- Puede pasar, señor. – indicó profesionalmente después de empujar la puerta, y añadió con un tono más amable– Suerte.
Larry compuso una sonrisa y entró en el despacho.
Media hora después, se abrió la puerta del despacho y salió Larry buscando con la mirada al joven secretario que, en ese momento, se encontraba de pie detrás de su mesa archivando unos carpetas en la estantería:
- ¿qué tal te fue? - le saludó éste coloquialmente.
- Bien, gracias. ¿podría invitarte a comer? No tengo nada más que hacer hoy y no conozco a nadie en esta ciudad.
- Claro, Larry. Dame cinco minutos.

domingo 1 de noviembre de 2009

Vecinos

Hola,
os escribo para contaros que ya estoy instalado. Los primeros días pensé que nunca llegaría este momento y que tendría que volver a casa con vosotros.

He tenido suerte y, sobre todo, me está ayudando mucho la gente de aquí. Labot me ha dejado que me instale en su casa, me ayudó mucho al principio hasta que tuve todo funcionando. Ahora apenas le veo, y siempre que me cruzo con él está haciendo dos cosas a la vez: conduce y habla con el móvil, o está haciendo la compra y escribiendo en la Blackberry, o cocina y lee. Tiene un coche grande y siempre lleva traje. De vez en cuando pasa por aquí y me hace algún comentario. Me cuesta entenderle porque habla muy rápido y usa palabras raras. Me ha hecho muchas sugerencias pero, para mí, es todo tan complicado que no sé cómo hacerlo. Labot es capitán de barco, aunque no me explico qué hace un capitán de barco en esta ciudad. Me gustaría hablar más con él pero ya os digo que apenas le veo porque está todo el día fuera trabajando.

Isabella está aquí al lado, en otra casa que también es de Labot. Las tres casas son independientes, se puede pasar de una a otra pero cada una tiene su propia entrada. A pesar de ese nombre, Isabella es un chico que no sale nunca. Un día estuve en su casa, apenas tiene muebles y todos los libros que vi eran de matemáticas. También vi varios ordenadores: uno con muchas pantallas y dos portátiles, por lo menos. Me dijo que jugaba al poker por Internet. Imagino que todo lo hace por Internet porque, ya os digo, que no sale nunca. Me dijo que no tenía móvil y que si alguna vez tenía que hablar con él le podía mandar un “Skype”.
Isabella me preguntó qué hacía, y yo le dije que escribía. Entonces me preguntó que a qué me dedicaba, y le dije que era escritor. Me dijo que no entendía que escribir fuera una dedicación, “todos escribimos pero cada uno se gana la vida de una manera”. Le respondí que yo quería escribir y ganarme la vida escribiendo. Me dijo que, si quería, podía enseñarme a jugar al poker.

miércoles 28 de octubre de 2009

Enrique 2

(misma historía contada por un narrador equisciente en pretérito indefinido)

Se habían encendido las luces de la calle y Enrique empezaba a distinguir algunas formas desde el sillón en el que estaba sentado: la ventana, la barandilla del balcón, la lámpara apagada, el teléfono encima de las revistas, la mesita. Se había cubierto con una manta y tuvo que retirarla de su cara para poder ver mejor.

El día anterior, a esa misma hora, Enrique estaba también en el salón. Había regresado del trabajo, se había quitado la corbata y los zapatos y, mientras hacía zapping, repasaba las fotos de una revista atrasada. Su hija Laura estaba encerrada en su habitación escuchando música. Entonces llegó su mujer, Paloma, que, sin quitarse el abrigo se plantó frente al sillón y esperó a que Enrique la mirase. Enrique apartó la vista de la revista y por encima de la revista distinguió las botas altas de piel que vestía su mujer. Esperó a que Paloma le confirmara sus temores. Había decidido separarse. Como si lo hubieran ensayado para que fuera lo más rápido posible, Paloma preparó una maleta, habló con su hija y cogió las llaves y la documentación que Enrique le entregó. “Llévate el grande. Ahora vas a hacer tú más kilómetros”, dijo él, “Alejandro no te va a acercar al tren todos los días”.

Al día siguiente, Enrique acompañó a su hija en el Metro. Decidió desayunar en casa porque no quería ir a la cafetería del barrio y que alguien le preguntara por su mujer: temía que a esas horas todo el barrio lo supiera. En el Metro, Laura se encontró con una compañera del colegio y le contó con total naturalidad que su madre se había ido de casa para vivir con otro hombre. Mientras ellas hablaban, Enrique temía que todos los ocupantes del vagón escucharan la historia. Al bajarse, su hija le dio un beso, le recordó que tenía 15 años y que no hacía falta que le acompañara todos los días. Llegó tarde a la oficina y explicó al jefe que, a partir de ese día, llegaría un poco más tarde porque tenía que acompañar a su hija al colegio. A mediodía comió con Jose Luis y Almudena, ninguno de sus dos compañeros comentó nada sobre la separación.

Por la noche, Enrique estaba sentado en el sillón del salón cuando el silencio de la casa se rompió con la melodía del móvil de Laura. La voz de su hija llegaba desde el interior de la casa al salón donde estaba Enrique. La voz de Laura se apagó e inmediatamente sonó el teléfono del salón. Enrique saludó a su mujer, y acordó con ella que su hija pasaría todos los fines de semana en la sierra con ella y su nueva pareja: Alejandro. Antes de despedirse, Enrique pidió disculpas a su mujer por haber gritado la noche anterior. Paloma respondió que no se preocupara por eso; dijo literalmente "estuviste muy correcto, Enrique. Gracias".

Enrique se quedó mirando por la ventana; había anochecido y casi no pasaban coches. A oscuras, bajo la manta se quedó esperando a que amaneciera y llegara la hora de repetir la rutina diaria.