La explanada junto al río Ganges acogía como todas las tardes una actividad intensa. Niños y niñas corrían hasta acabar peleando cerca de la orilla, mujeres atravesaban la explanada a paso ligero camino del mercado, otras volvían con la compra envuelta en fardos que llevaban sobre la cabeza, grupos de hombres discutían a la puerta de las cercanas casas de adobe y algunos ancianos paseaban en silencio junto al río. Otro cortejo, ni más numeroso, ni más ruidoso, ni más llamativo que el anterior ocupó parte de la explanada delante de una de las piras que tenía colocados sobre la estructura de madera montones de leña más ligeros, paja seca y pequeños bloques aromáticos de sándalo. Dos hombres del cortejo se adelantaron y depositaron sobre la pira la carga que portaban. Junto al blanco sudario se irguió con dificultad una figura femenina envuelta en un sari de un intenso color rosa.
miércoles, 10 de febrero de 2010
martes, 2 de febrero de 2010
Moe
Moe alargó su paseo matutino hasta el puente, pasada ya la gasolinera. Quería comprobar que, como habían dicho las previsiones, los próximos días serían soleados. La primavera estaba resultando especialmente lluviosa en los Alpes y Moe llevaba varias semanas esperando a que hubiera dos días de sol para continuar con sus planes. El viejo puente conservaba un pretil de piedra en el que se apoyó la mujer mientras observaba el paisaje. El límite noroeste del valle lo formaba una sucesión de montañas cuyos picos aparecían despejados esa mañana:
– Las nubes no entrarán en el valle en los próximos tres días -dijo Moe en voz alta.
– Las nubes no entrarán en el valle en los próximos tres días -dijo Moe en voz alta.
lunes, 25 de enero de 2010
La princesa y el zapato
Ejercicio sobre el binomio “Zapato / Coraje”
Desde el decimonoveno piso del edificio del banco nacional no se veía el habitual hormigueo de todos los días, como si el tiempo se hubiese detenido. Ningún movimiento hasta que la limusina giró en la esquina de la calle Mayor y enfiló despacio la avenida ignorando semáforos y señales de tráfico. Una mancha blanca rectángular que avanzaba exactamente por el centro de la calzada. Ya desde la calle pude comprobar que policías motorizados habían bloqueado el tráfico de las calles adyacentes, mientras que militares a caballo impedían a los transeúntes abandonar las aceras. Los conductores de los coches atascados abandonaron sus vehículos y se unieron a los inmovilizados peatones aumentando aún más el involuntario séquito.
miércoles, 6 de enero de 2010
Relato Erótico Unisex
Este relato era para un concurso pero no me dio tiempo de presentarlo a tiempo
Estaba deseando volver al hotel y subir a la habitación. Dejó caer el maletín del portátil en el suelo junto a la puerta, soltó el abrigo sobre una silla y corrió hasta una de las paredes donde sólo había una puerta que parecía comunicar con la habitación contigua. Escuchó con la cara pegada a la madera pero el ruido de su propio corazón acelerado no le dejaba oir nada. Sin separarse de la puerta esperó a recuperar el ritmo habitual de su respiración; mientras, se quitó los zapatos y la chaqueta. No oyó nada: sólo silencio al otro lado. Con desgana comenzó a caminar en círculos por la habitación recogiendo el desorden que había provocado al entrar, finalmente se sentó en la cama lamentando no haber tenido más iniciativa la noche anterior. Recorrió con la mirada la habitación: la cama de sábanas blancas impecables, el moderno aparato de televisión, el escritorio con varios folletos turísticos perfectamente ordenados y el material de papelería personalizado con la marca de la cadena hotelera; todo le resultó tan impersonal y previsible como el resto de hoteles que su trabajo le obligaba a visitar regularmente.
Estaba deseando volver al hotel y subir a la habitación. Dejó caer el maletín del portátil en el suelo junto a la puerta, soltó el abrigo sobre una silla y corrió hasta una de las paredes donde sólo había una puerta que parecía comunicar con la habitación contigua. Escuchó con la cara pegada a la madera pero el ruido de su propio corazón acelerado no le dejaba oir nada. Sin separarse de la puerta esperó a recuperar el ritmo habitual de su respiración; mientras, se quitó los zapatos y la chaqueta. No oyó nada: sólo silencio al otro lado. Con desgana comenzó a caminar en círculos por la habitación recogiendo el desorden que había provocado al entrar, finalmente se sentó en la cama lamentando no haber tenido más iniciativa la noche anterior. Recorrió con la mirada la habitación: la cama de sábanas blancas impecables, el moderno aparato de televisión, el escritorio con varios folletos turísticos perfectamente ordenados y el material de papelería personalizado con la marca de la cadena hotelera; todo le resultó tan impersonal y previsible como el resto de hoteles que su trabajo le obligaba a visitar regularmente.
lunes, 4 de enero de 2010
Primer día
Texto para el concurso de microrrelatos de la Cadena Ser. Más info: http://www.escueladeescritores.com/concurso-cadena-ser.
Me acerco y anoto sus nombres. El primero sonríe, impertinente.
– Fredy –como no escribo, corrige hastiado- Federico Márquez, señora. Ya me conoce.
El segundo ladea lentamente la cabeza hasta que el largo flequillo descubre uno de sus ojos. Sólo entonces se presenta, arrastrando las sílabas:
– Rodrigo Salazar.
Se suceden los nombres mientras observo las joyas de los chicos y los tatuajes de las chicas. La niña que cierra la fila no lleva maquillaje, ni tacones, ni anillos. Susurra:
– Stephanie Clermont.
La fila estalla en un estruendo de burlas y carcajadas.
– Bienvenida, Stephanie. Pronto llegará alguien de quien te puedas reír.
Me acerco y anoto sus nombres. El primero sonríe, impertinente.
– Fredy –como no escribo, corrige hastiado- Federico Márquez, señora. Ya me conoce.
El segundo ladea lentamente la cabeza hasta que el largo flequillo descubre uno de sus ojos. Sólo entonces se presenta, arrastrando las sílabas:
– Rodrigo Salazar.
Se suceden los nombres mientras observo las joyas de los chicos y los tatuajes de las chicas. La niña que cierra la fila no lleva maquillaje, ni tacones, ni anillos. Susurra:
– Stephanie Clermont.
La fila estalla en un estruendo de burlas y carcajadas.
– Bienvenida, Stephanie. Pronto llegará alguien de quien te puedas reír.
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